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"...en situaciones de estrés, y ésta lo era de forma superlativa, acudía al sucio roce del vinilo que ejercía de bálsamo tranquilizador y le proporcionaba el placer fetal que estaba buscando."

 

("El último hijo del agobio", MANUEL CORRALES)

 

Solamente tres palabras

 

Allí estaba hojeando nuevamente la sección de clasificados y su mente volvía al sufrimiento del día que se encontró sola en su lecho, nunca se detenía en ninguno, miraba y recordaba, sabía lo que buscaba pero el intento era una y otra vez infructuoso. La huella de su compañero fugado, ahora odiada presencia, aún sacudía cada milímetro de su piel y era un lastre demasiado intenso.

Saboreaba el café que humedecía sus labios, sobresaltada soltó la taza y centró su atención en uno de aquellos anuncios con sólo tres palabras que estremecieron sus entrañas, el fantasma del pasado se fugó al limbo y supo al momento que tenía que llamar.

Al levantarse se observó en el espejo y cerró sus ojos, sintió como una mano le acariciaba la nuca, marcando los dedos acordes que la excitaron, se dejó llevar ante la insistente lisonja de la otra mano, que marcaba con arpegios las perfectas curvas de su cuerpo, de los hombros a la cintura hasta bajar a sus caderas, sentía las manos cuidadas y con vaporosa destreza, una ascendía y se dejaba resbalar, la otra danzaba enredando sus dedos entre rizos yacentes.

No supo cuánto tiempo había transcurrido con su imaginario amante, de lo que sí estuvo segura es de la felicidad, tanto tiempo alejada, que la había envuelto. Sin resuello cogió el teléfono y antes de marcar, volvió a leer aquel anuncio que le había devuelto la esperanza, solamente tres palabras... "Toco la guitarra".

 
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